Este blog vio la
luz a principios del 2013. Dos eran por entonces las motivaciones que me
empujaban a ir al campo cada fin de semana: la fotografía de naturaleza y el
senderismo. En consecuencia, tuve claro desde el principio que la razón de ser
del blog sería la de glosar mis experiencias en ambas actividades,
convenientemente documentadas con las
fotos que tomase en cada salida.
Durante los dos primeros
años me dediqué a cumplir este doble objetivo con encomiable dedicación. Cada
vez que volvía de patear monte con los amigos, o de alguna salida fotográfica
fructífera, me ponía a redactar mis vivencias para colgar una nueva entrada.
Eran tiempos en los que no me importaba saltar de la cama un sábado de
madrugada, dirigirme con el coche a un lugar determinado, montar el hide
cuando el día empezaba apenas a despuntar y quedarme allí sentado durante
horas, embutido en un habitáculo de un metro cúbico, esperando pacientemente a
mi presa. Bastaba con que un martín pescador, por poner un ejemplo, se posara
en una rama durante un par de minutos, suficientes para que pudiera hacer
varios disparos, para que considerara que la mañana había sido un éxito.
Y, sin embargo,
al tercer año empecé a notar que algo no iba bien. Me di cuenta de que los
relatos de mis salidas senderistas empezaban a resultar tediosamente
repetitivos: mis amigos y yo nos dirigíamos en coche a algún rincón agreste,
nos poníamos a caminar, parábamos a almorzar a media mañana, seguíamos
caminando, nos perdíamos y al final llegábamos al coche a las tantas, exhaustos
y sedientos. Este venía siendo, con las lógicas variaciones, el hilo argumental
de muchas de nuestras salidas. ¿Qué sentido tiene, me preguntaba, contar la
misma historia ad nauseam? Cada vez estaba más convencido de que mis
relatos no aportaban nada interesante a algún eventual lector. Por otra parte,
tengo por costumbre escribir únicamente sobre aquellas temáticas que me resultan
atractivas de leer, y sentía que mis entradas se alejaban cada vez más de esa
premisa.
Con la
fotografía la cosa no iba mejor. Conforme pasaban los años mi archivo
fotográfico crecía más y más, y se enriquecía con nuevas especies, generalmente
de aves. Fotos mediocres en su mayoría, pero con alguna que otra medio decente.
Ahora bien, con la llegada de las cámaras digitales y de internet la fotografía
de naturaleza se había ido volviendo una afición de masas. Cada fin de semana,
decenas de miles de fotógrafos diletantes recorríamos los rincones más
variopintos de nuestra rica geografía, tratando de capturar nuevas imágenes. Y
aun cuando me alegraba de que cada vez más gente compartiera mi interés por el
medio natural, tenía la sensación de que aquella masificación devaluaba nuestra
bella afición. ¿Qué sentido tiene, me volvía a preguntar, tomarme tantas
molestias para obtener una foto que posiblemente no vea nadie más que yo,
habida cuenta que en la Red hay cientos o miles muy parecidas, muchas de ellas de
mejor calidad?
Cuando le
planteaba estas inquietudes a mis amigos fotógrafos, se encogían de hombros.
Ellos, me decían, no buscaban ninguna utilidad en su afición. Practicaban la
fotografía sencillamente porque disfrutaban con esa actividad, y con los pequeños
placeres que la acompañan. Bien, se trataba de un punto de vista perfectamente
legítimo, aunque no lo compartía. Por mi forma de ser, para que una actividad
me resulte emocionalmente enriquecedora necesito tener la convicción de que, de
alguna manera, contribuye a que el mundo sea un lugar un poquito mejor. Tampoco
sentía que la fotografía satisfaciera esta premisa.
Poco a poco fui
espaciando las entradas en mi blog, hasta que a finales de 2015 colgué la
última. Aunque no por ello dejé de salir al campo. En todo momento seguí
haciendo mis salidas senderistas, por el sano placer de compartir una caminata
por la montaña con un grupo de buenos amigos. También salia con mi cámara
fotográfica, aunque me limitaba a pasear y a hacer algún disparo ocasional cuando
un animal se ponía a tiro. A lo que si renuncié tajantemente fue a volver a
encerrarme en un diminuto cubículo, para desperdiciar una mañana de mi
existencia tratando de obtener una foto más.
Ahora bien, al
mismo tiempo que mi interés por la fotografía de naturaleza declinaba, iba
siendo sustituido por un nuevo foco de atención. Y es que por aquellos años la ecología vegetal se
estaba embarcando en un emocionante cambio de paradigma. Desde diferentes
ámbitos surgía una innovadora visión de la vegetación en general, y del bosque
en particular, que me resultaba cautivadora. Por una parte, los investigadores
estaban descubriendo que las plantas tenían una capacidad de interaccionar con
el medio ambiente sorprendentemente compleja, más de lo que ningún científico
hubiera imaginado unas décadas atrás. A su manera, las plantas podían responder
a una amplia variedad de estímulos, lo que sugería que debían tener algo
parecido a los convencionales sentidos animales, amén de varios más. Más aun,
en el ápice de las raíces se observaban comportamientos que sugerían la
existencia de una inteligencia semejante a la de algunos gusanos sencillos.
¿Quien lo hubiera imaginado? Al final resultaba que aquellas plantas sensitivas
e inteligentes que poblaban los antiguos relatos mitológicos empezaban a tener
su correlato en el mundo real.
Paralelamente,
se estaba desvelando la existencia de un eficiente tráfico de nutrientes y de
información entre las plantas del bosque, ya fuera a través de mensajeros
químicos volátiles, como los terpenos, o mediante una complejísima red de
comunicación subterránea, red a la que alguien tuvo el acierto de bautizar como
la Wood World Web. Hasta ese momento los árboles del bosque se habían visto
como entidades independientes, cuya única relación con sus vecinos era la de
competir por recursos como la luz o el agua. Con la nueva perspectiva cobraba
protagonismo la imagen del ecosistema forestal como una entidad altamente
organizada y conectada, en el seno de la cual las plantas se podían comunicar
entre sí, compartir alimento y coordinar sofisticadas estrategias frente a las
amenazas. Una imagen que casaba bien con el concepto del superorganismo que, ya
entrado el siglo XX, había preconizado el ecólogo Frederic Clements.
Y la cosa no
terminaba ahí. Cada vez aparecían más evidencias de que las grandes masa
forestales tenían una notable capacidad de moldear el clima. Los modelos
matemáticos sugerían que aquellas podían actuar como eficientes bombas de vacío
que succionaban el aire húmedo del mar para descargarlo en forma de
precipitaciones, cientos o miles de kilómetros tierra adentro. Al mismo tiempo
se estaba descubriendo una compleja red de interacciones a nivel planetario,
que sugería que los cambios en una selva tropical, por ejemplo, podrían tener
repercusiones en el clima de regiones remotas.
De resultas de
toda esa avalancha de descubrimientos se produjo un cambio radical en mi
percepción del medio natural. Cada vez que deambulaba por el interior de un
bosque tenía la sensación de que me sumergía en las entrañas de una difusa
entidad protoplásmica, que de alguna forma captaba mi presencia y reaccionaba
frente a ella. Con cada bocanada de aire podía sentir como mis pulmones se
tonificaban con nuevas remesas de aquellos terpenos que los árboles intercambian
entre si en un silencioso parloteo. Unos mensajeros que, de acuerdo con otra
serie de investigaciones, tenían un efecto balsámico en nuestro bienestar
físico y psíquico.
Gradualmente
empecé a hacerme con una modesta colección de aparatos para medir algunas
variables ecofisiológicas: un piranómetro, un anemómetro, un sensor de
radiación infrarroja, un higrómetro,... Todos ellos bastante básicos, aunque
con la calidad suficiente como para tomar medidas razonablemente precisas.
Equipado con este arsenal empecé a cuantificar diversos parámetros en cada
excursión: radiación solar incidente, temperatura de la hoja, humedad de la
atmósfera y del suelo, tasa de transpiración... Debo aclarar que anteriormente
ya había trabajado (y de hecho sigo haciéndolo) en el desarrollo de modelos
matemáticos sobre ecofisiología vegetal, de manera que estaba familiarizado con
el manejo de estos parámetros, aunque desde un enfoque estrictamente teórico.
Ahora, sin embargo, me enfrentaba con las plantas del mundo real.
La experiencia
resultaba muy gratificante. De alguna forma, era como si mi sencillo
instrumental me permitiese descifrar algunos de los mensajes que me llegaban
desde mis silenciosas interlocutoras. Aunque en un principio tomaba mis medidas
de forma un tanto errática, poco a poco empecé a sistematizarlas y a centrarme
en objetivos concretos, con la pretensión de llegar a obtener datos que
pudieran ser publicados en algún momento. Tales objetivos están
convenientemente explicados en el apartado "Objetivos del blog",
aunque, en última instancia, consisten en responder a una simple pregunta:¿Para
qué sirven las plantas?
El último paso
en esta transformación consistió en retomar mi viejo blog para darle un enfoque
muy distinto al original. En lugar de relatar salidas senderistas o
fotográficas, decidí usarlo como una plataforma desde la que contar al mundo
mis avances en el viaje de exploración en el que me estaba embarcando. De
pronto, sentí renacer en mi la misma ilusión que me embargó cuando empecé a
colgar las primeras entradas. Solo que ahora tenía la seguridad de que estaba
ofreciendo un producto que aportaría información relevante a algún eventual
lector, y que enlazaba con alguno de los grandes retos ambientales de nuestra
época, como el cambio climático y la deforestación. Y aun cuando no llegasen a
suscitar el interés de nadie, se tratarían de textos que a mí si me gustaría
leer, y con eso tengo suficiente motivación.
Soy consciente
de que este proyecto es una carrera de fondo, o mejor, algo así como un puzle
de cientos de piezas, en el que cada salida aporta una nueva, que podría
encajar en cualquier posición del tablero. Y hasta que no tenga un número
suficiente de piezas no podré empezar a vislumbrar una respuesta cabal al
enigma que intento descifrar. ¿Cuanto tiempo necesitaré?¿Tres años?¿Cinco?¿El
resto de mi vida, tal vez? ¡Qué más da! Ahora mismo no es algo que me preocupe,
en la medida en que la búsqueda ya es un fin en sí mismo. Una búsqueda que,
estoy seguro, me va a proporcionar momentos de gran satisfacción.