domingo, 15 de diciembre de 2013



Esta mañana me he acercado al lado sur del PN del Hondo (Elche), para ver si puedo fotografiar algún ejemplar de la típica avifauna de invierno: grullas, avefrías, ánsares... Cuando aparco, a las 8:15, la temperatura es de 6ºC, y una espesa niebla desdibuja los contornos del paisaje. En estas condiciones resulta imposible distinguir ningún bicho viviente en las barbecheras de Vista Bella, que es donde se suelen poner las grullas. Así que opto por dirigirme a los observatorios que miran al Hondo. 


La niebla crea una sensación de misterio en la laguna. Hay varios cormoranes perchados en unas estacas que sobresalen del agua. Poco a poco empieza a animarse la mañana. Una tarabilla revolotea por el cañizo que hay en frente del observatorio. Las tres especies de zampullines, el común, el cuellirrojo y el cuellinegro, nadan cerca de mí con indiferencia. Durante las siguientes dos horas fotografío cormoranes desplegando sus alas al Sol, porrones moñudo y europeo, flamencos... Y también, por fin, un bando de once grullas volando en dirección norte. 

De pronto un martín pescador se posa a unos escasos 15 metros de distancia. ¡Un Martín pescador! Un ave tan bonita como esquiva; la joya del humedal. Solo aguanta tres segundos, ni uno más, antes de volver a perderse en el laberinto del cañizo. Pero a mí me bastan para encuadrar, enfocar y hacer seis disparos. Hay mucha experiencia acumulada en mis canas.


Como a las 10:30 la niebla se ha levantado totalmente, me dirijo de nuevo a los campos de Vista Bella para ver si diviso grullas o avefrías comistrajeando entre las babecheras. Pero no, hoy no hay suerte.
Media hora más tarde es tiempo de regresar. Pero sé por experiencia que el viaje de vuelta puede deparar gratas sorpresas. Así que dejo la cámara sobre el asiento del copiloto y me pongo en marcha.
Efectivamente, un kilómetro más adelante detengo el coche en el arcén; hay un águila calzada ciclando encima de la carretera. Mientras la fotografío me doy cuenta de que está adoptando la pose de caza: encoje el cuerpo y despliega unas garras potentes como garfios. De repente se precipita sobre una pequeña laguna en la que nadan algunos patos cuchara. Se produce un pequeño alboroto en el aguazal cuando irrumpe el águila, pero no puede hacer presa y regresa con las garras vacías. 


El lance cinegético ha fracasado. ¡Qué más da! Su cuerpo es una formidable máquina de matar, y el humedal es pródigo en recursos. Antes de que muera el día portará un trofeo palpitante entre sus garras de acero. Lástima que yo no estaré allí para inmortalizarlo.

sábado, 14 de diciembre de 2013



A las 9:15 de la mañana estamos todos reunidos: Rosa, Elisa y su marido Ricardo, Susi y su marido José, Antonio, Nacho y yo. Nos dirigimos en dos coches a la cueva de Canelobre, para hacer el recorrido senderista del Cabeçó d´Or. Esta vez hemos elegido una ruta de moderada dificultad, porque de momento no queremos forzar mucho a nuestros nuevos compañeros.
Al llegar al punto de inicio de ruta nos encontramos con Pascual, el noveno integrante del grupo. Empezamos a caminar por un ancho camino. Al poco la ruta se desvía por una estrecha senda que asciende hasta lo alto del collado. Tras una pequeña pausa empezamos la subida propiamente dicha.
-¡Hasta la vista!- me despido de los colegas.
Y empiezo a caminar a toda mecha. Esta vez Antonio prefiere seguir tranquilamente con el resto del grupo, antes que hacerse cómplice de mi excéntrica forma de subir las cuestas.
Nacho, el rey de la montaña
Cuando llego al collado me siento a esperar mientras tomo algunas notas. Poco a poco van llegando los demás. Cuando estamos todos juntos iniciamos el segundo ascenso, esta vez hasta la cima del Cabeçó.
En esta subida hay algunos tramos que requieren trepar un poco. Yo me quedo esperando a que suba todo el mundo, cámara en ristre, para ver si puedo inmortalizar alguna caída divertida, pero no hay suerte.
Al final llegamos al punto geodésico.
-¿Ya está? ¿Ya hemos llegado?- se sorprende Rosa.- ¡Qué pronto!
Menudo chasco. Y nosotros que queríamos impresionar a las chicas.
En el punto geodésico. De izquierda a derecha; de pie: José, Rosa, Antonio, Ricardo, Pascual y yo; sentados: Susi, Elisa y Nacho

Hay algunas nubes a la altura del Puig Campana que no presagian nada bueno. Nos hacemos algunas fotos en la cima y empezamos el descenso. Al regreso pasamos por una cueva desde la que sale una cálida brisa. Si además oliese a azufre podríamos aventurar que por el otro lado comunica con las mismas entrañas del Averno. Por si acaso, nos hacemos una foto rápida y a seguir camino.

Llegamos de nuevo al collado. Es la una de la tarde. Buena hora para hacer un alto y tomar el bocata. Pascual se despide y se va en solitario; tiene que estar en casa a la hora de comer. Los demás nos ponemos cómodos y empezamos a atacar la comida.
Por último acometemos el último tramo de la ruta.
-¿Cuánto falta?- se interesa alguno de los novatos.
-No mucho -informa Nacho-. Ahora tenemos un suave descenso hasta la base de la cueva de Canelobre, y para terminar… ¡la traca!
¿La traca? ¿Qué porras será la traca?, se preguntan. Preferimos no dar más detalles. Nos gusta crear un poco de suspense.
Esta vez vamos Nacho y yo por delante, sensiblemente separados del resto. Poco antes del llegar al final esperamos a los demás. Una vez reunidos caminamos juntos unos pocos pasos y, ¡voilá! La famosa traca es una cuesta espantosamente empinada que sube hasta la cueva de Canelobre. Un simpático regalo que se encuentra el sufrido senderista cuando llega cansado, pensando que la ruta ha terminado.
-¿Y esta es la traca? -se burla Susi-. ¡Menuda birria!
Decididamente, estas chicas no son fáciles de impresionar.
Tras salvar el abrupto desnivel volvemos al punto de salida. Son las 4:30 de la tarde, hora de volver a casa.


sábado, 23 de noviembre de 2013



-Oye Papá, ¿qué tal si nos vamos de senderismo este sábado?
Vaya, no es frecuente que a mi hija mayor le apetezca salir al monte con su viejo. Ante mi gesto de sorpresa ella se justifica diciendo que está muy saturada de exámenes, que le apetece tomar el aire, que quiere saber si está preparada para hacer el camino de Santiago...
-Y busca una ruta que sea dura, ¿eh?- apostilla.
Después de barajar varias alternativas me decanto por el PR-CV 52, que recorre parte de la sierra de la Solana, al norte de la provincia de Alicante. Aunque son algo más de 20 km de pateo, la ruta no es muy dura. De momento quiero saber si mi hija está en forma, antes de abordar retos más ambiciosos. Lo que entonces no puedo ni imaginar es que estamos a punto de enfrentarnos a una experiencia mucho más difícil de lo que tenía previsto.

Sábado 23 de noviembre. A las 9:30 aparco el coche en el albergue para excursionistas que está junto a la carretera que va de Beneixama hasta Fontanars. El día ha amanecido soleado pero frío, con un viento molesto que nos obliga a abrigarnos.
Empezamos a caminar. Primero acometemos una moderada subida hasta lo alto del teso. Después el camino es llano y muy recto. Demasiado llano para mi gusto. Además, no se ve ni un alma. A lo largo del día únicamente nos encontraremos con un par de ciclistas y un pastor allá en la lejanía.
Así que para dar un poco de vidilla a la excursión propongo a mi joven acompañante dejar el PR y tomar otro camino, para buscar una ruta alternativa. Al fin y al cabo tenemos el GPS para orientarnos.
En un principio parece que el nuevo sendero nos acerca a nuestro destino, pero poco a poco empieza a desviarse. Intento entonces retomar la ruta correcta caminando a través de un sotobosque de romeros y genistas, tan denso que cuesta mucho avanzar. Finalmente un profundo barranco nos cierra el paso. No queda más remedio que desandar el camino hasta el punto en el que abandonamos el PR y continuar desde allí.
Pero antes decidimos hacer un alto para almorzar. Mi hija se queja entonces de que le está rozando el borde de las botas. Resulta que se ha venido de senderismo con botas y calcetines tobilleros. ¡Menuda ocurrencia! Con esparadrapo improviso un sucedáneo de calcetín en torno a los magullados tobillos.
Cuando volvemos a la ruta es ya la 1:30 de la tarde. La grasieta de desviarnos del PR nos ha supuesto perder un tiempo precioso. Aún nos queda mucho camino por delante, y en esta época del año anochece muy pronto. Apretamos el paso, y una hora más tarde llegamos al extremo de la ruta.
Tras una pequeña parada iniciamos el regreso. En media hora recorremos un cuarto del camino de vuelta. Parece que, después de todo, tenemos tiempo de sobra. Pero de pronto el GPS se queda sin pilas. No pasa nada; tengo pilas de recambio.
Seguimos caminando a buen ritmo. A eso de las cuatro propongo a mi hija parar para comer el segundo bocata, pero ella prefiere seguir caminando. A estas alturas de la tarde esta canalla está fresca como una rosa, mientras que a mí me cuesta seguirle el ritmo. ¡Ah, el arrollador ímpetu de la juventud!
Poco a poco nos vamos aproximando al final de la ruta. Sólo queda encontrar el punto en el que el camino en el que estamos ahora da paso al estrecho sendero por el que subimos esta mañana. Pero entonces el GPS se queda sin pilas por segunda vez. Como aún tenemos una hora de luz, no debería ser un problema. Pero el maldito sendero tarda en aparecer.
Cuando al fin damos con él, está tan desdibujado que nos cuesta mucho seguir su trazado, y las señales del PR, las líneas blanca y amarilla que marcan el camino, son muy escasas. Avanzamos tan lentos que, después de veinte minutos, sólo hemos cubierto unos cincuenta metros, y el Sol está cada vez más bajo.
Como temo que nos caiga la noche encima tomo una arriesgada decisión: cortar en línea recta hasta un punto desde el que se pueda divisar la carretera. Además, en esa zona el matorral es tan escaso que no cuesta mucho ir campo a través.
Poco a poco el sotobosque se va espesando, pero ya no hay vuelta atrás. Seguimos en dirección al oeste. De pronto aparecen unas colmenas en un pésimo estado. “Si hay colmenas”, pienso, “tendrá que haber un camino”.
Efectivamente hay un camino, invadido por las matas, pero camino al fin.
-Evita, estamos salvados.
Pero no, a los pocos metros el camino tuerce a la derecha y se dirige en derechura al norte. Como el tiempo apremia no nos queda otra alternativa que volver a patear entre las matas.
Finalmente llegamos a un sitio desde el que se divisa la carretera... allá a lo lejos. Aún tenemos que bajar por una interminable ladera densamente poblada de pinos, recorrer el fondo del barranco algunos centenares de metros y subir la ladera del frente hasta llegar a la carretera salvadora.
El descenso resulta muy penoso por la densa vegetación. Como mi hija se mueve muy lentamente, le tiendo la mano derecha para que la coja con su izquierda. Ahora bajamos un poco más rápido, pero yo tengo una sola mano para abrirme camino en medio de esta vorágine.
Cuando llegamos al fondo del barranco la luz comienza a escasear. Empezamos a caminar ahora por el fondo de la rambla. Cada pocos metros tenemos que salvar el tronco de un pino caído que nos corta el paso, unas veces por arriba y otras por abajo, pero siempre a través de una espesa maraña de ramas. Yo paso primero, y trato de romper el máximo de ramas para facilitar el paso de Eva. De cuando en cuando distinguimos pequeños rodales de nieve. Empieza a hacer frío.
Por fin llegamos al borde de la ladera que conduce a la carretera. Empezamos a subir de inmediato, pero a los dos metros nos cierra el paso un muro impenetrable de vegetación. No nos queda más remedio que volver al fondo del barranco y seguir el curso descendente. Dentro de pocos minutos será noche cerrada, y entonces no tendremos opción de llegar a la carretera. No quiero ni imaginarme lo que será pasar la noche en este agujero.
De pronto me parece ver que la ladera se despeja un poco. Por segunda vez intentamos subir la cuesta. Yo camino delante, apartando las numerosas ramas con la mano izquierda, mientras tiro con la derecha de mi hija, que se queja del roce de las botas. Y entonces tropiezo y me doy un aparatoso batacazo.
-¿Estás bien?- pregunto desde el suelo.
-Sí.
Uf, menos mal. ¿Y cómo estoy yo? Me duele la mano y la rodilla derechas, pero parece que no tengo nada roto. Tras incorporarme retomo el ascenso cojeando. Hasta que de pronto grito:
-¡Mira!
Mi hija se sobresalta.
-Papá, no me des esos sus…
-¡El quitamiedos!- la interrumpo-. ¡Hemos llegado a la carretera!
¡Por fin! En ese momento nos sentimos invadidos por una inmensa sensación de alivio.
Bien, ya estamos en la carretera ¿Adónde vamos ahora, a la derecha o a la izquierda? Al menos eso lo tengo claro, a la izquierda. O sea, carretera abajo, porque a pesar de la oscuridad que nos envuelve estoy seguro que el coche no ha pasado por aquí esta mañana.
Así que vuelta a caminar, aunque ahora infinitamente más cómodos, sin tener que luchar contra una naturaleza hostil. A esta hora y sin Luna, prácticamente lo único que se distingue es la mediana de la carretera.
-¿Te imaginas papá que nos hubiésemos detenido a comer como tú querías? ¿Dónde estaríamos ahora?- pregunta Eva.
Mejor no pensarlo. De hecho, mejor no pesar en todas los disparates que he hecho a lo largo del día.
Según mis cálculos estamos muy cerca del coche, a unos cinco minutos de marcha. Pero a los quince minutos el coche sigue sin aparecer. En eso suena mi móvil. Bueno, al menos tenemos cobertura. Mi mujer al otro lado de la línea.
-Sí, sí, tranquila Manoli. Todo está bien. Nos hemos equivocado de camino pero ya estamos junto al coche. No, aun no vamos a salir. Primero queremos descansar y tomar algo. Yo creo que llegamos a Elche en hora y media.
Una pequeña mentira para no alarmar a la familia. Y bueno, hora y media es un tiempo razonable para salir de este lío.
Vuelta a caminar. Por aquí no pasa ni un puñetero coche. El bosque rodea la carretera como si fuera a engullirla. Las copas de los pinos se recortan contra un cielo cada vez más estrellado, dibujando formas siniestras. Diríase que somos los únicos habitantes de una Tierra desolada. Y sin embargo..., hay algo místico en este deambular perdidos por un mundo silencioso e indiferente. A cada paso percibo con mayor claridad el eco de un pasado remoto, en el que el ritmo vital venía marcado por los ciclos naturales y el hombre era un actor más en el drama de la vida. Siento que me embarga una sensación de salvaje libertad.
De pronto me pongo a declamar, en voz alta, unos versos de Rafael Alberti:
-“Canto esta noche de estrellas en que estoy solo y desterrado. Pero en la Tierra no hay nadie que esté solo si está cantando”. Vamos Evita, sigamos el consejo del poeta…
Así que nos ponemos a cantar a viva voz un par de canciones.
A todo eso llevamos más de media hora andando por esta solitaria carretera. Otra vez vuelve la inquietud. ¿Y si hubiéramos tomado una carretera distinta? ¿Y si me he confundido de sentido, y en realidad nos estamos alejando del coche?
-Desde luego, mi sistema simpático está trabajando bien -observa súbitamente mi hija-. Llevamos seis horas sin comer, pero no tengo hambre.
-El sistema simpático...- contesto distraído-. El que nos prepara ante situaciones de estrés.
-El mismo. Acelera el ritmo cardíaco, aumenta la sudoración, dilata las pupilas... Todo eso son reaccionas lógicas. Lo que no entiendo es cuál es la razón de que relaje los esfínteres, y haga que la gente se mee o se cague de miedo.
-Elemental- explico con suficiencia-. Ante una situación de peligro el cuerpo quiere perder el máximo de lastre.
De pronto se adivina un camino que sale a la izquierda y un cartel indicador. Mirando con la luz del móvil podemos leer: “A la ermita de San Luis”.
-¡Ahora sí que hemos llegado!- exclamo alborozado-. ¡El coche está muy cerca de la ermita!
Efectivamente, al poco tomamos el camino lateral que nos conduce a nuestro querido coche. En ese momento paso el brazo a mi hija por los hombros y le digo:
-Eres muy valiente, Eva. Cualquier otro en tu lugar se habría puesto histérico.
Son las siete de la tarde, y el termómetro marca 4ºC. La aventura ha terminado.

 El trazado de la ruta, hasta el punto en el que se murió el GPS, se puede seguir en http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=5812212
La versión de mi hija: http://micollagedepensamientos.blogspot.com.es/

sábado, 16 de noviembre de 2013



8:30 de la mañana. Estoy junto a la torre del Tamarit, en las Salinas de Santa-Pola (Alicante). Esta madrugada el termómetro se ha desplomado. Ahora mismo marca 8 grados, lo que contrasta con los 14 que teníamos ayer a esta misma hora. El cielo está encapotado y cae alguna ligera llovizna. En este momento el temporal está entrando, allá a lo lejos, por los gollizos de las sierras Alicantinas, que se muestran cubiertas de nieve y medio ocultas por nubes de aspecto tormentoso.

El temporal entra por los gollizos de la sierra

El silencio de cristal de la mañana es roto por el ruido de un motor. Mi amigo Blas llega puntual (¿puntual Blas? ¡Cosas veredes!) a nuestra cita.
Tras el saludo de rigor me pasa un botecito con una valiosísima mercancía.
-Aquí tienes los hayucos que te había prometido-me dice.- Los recogí hace un par de semanas del valle de Ordesa.
Como tengo el capricho de plantar hayas en mi campo, hace un tiempo que le pedí que me recogiera semillas cuando visitara algún hayedo en otoño. Y como este hombre no hace más que viajar de un lado a otro desde su separación, no he tenido que esperar mucho.
A continuación nos dirigimos a la desembocadura del Segura, junto a la ciudad de Guardamar. Para entonces ha dejado de llover, y el Sol brilla en un cielo sin nubes, pero la sensación de frío se mantiene.
Empezamos a caminar junto al río, cámara en ristre. Como quiera que llevamos meses sin vernos, las novedades son importantes. Blas me cuenta su reciente viaje al valle de Ordesa para fotografiar el hayedo en otoño; yo le comento mis salidas senderistas, y le pongo al corriente de las últimas polémicas en Avesforum.
En eso Blas me interrumpe:
-Mira allí, un pollo de gaviota.


El animal está sobre la arena, cerca ya de la playa, a unos 10 metros de nosotros. Empezamos a fotografiarlo con el 500, mientras nos acercamos lentamente. Aparentemente no se inmuta ante nuestra presencia, y nos deja acercarnos hasta unos cuatro metros. Entonces nos damos cuenta de que tiene las patas enredadas con una red, lo que explica su aparente indiferencia.
-¿Tienes una navaja?- me pregunta Blas.
-Por supuesto.
-Perfecto. Si te parece, tú lo sujetas por las alas y yo le corto los hilos.
Me parece, así que nos aproximamos muy lentamente, pero cuando estamos cerca levanta el vuelo. Se trata de una reacción natural ante la presencia de dos figuras amenazantes. Pero, por extraña paradoja, su instinto de supervivencia le ha condenado a una muerte casi segura.
Un poco frustrados por este desenlace seguimos nuestro nomadeo cinegético. A lo largo de la siguiente hora caen una pareja de andarríos chico correteando por una charca junto a la playa; una garza real posada sobre el voladizo de un pino; un zarapito trinador hurtándose a nuestra mirada entre las rocas de la rivera.
A media mañana volvemos al coche para entrar en Guardamar y acceder la otra orilla del río. Desde nuestra nueva posición observamos una barca medio hundida que sirve de posadero a un grupo de cormoranes. Estos tienen unos llamativos ojos verdes, que contrastan con el negro azabache de su plumaje. 


Pronto nos invade una sensación de embriagadora placidez. Cormoranes y garzas reales van y vienen, raseando a pocos metros de la lámina de agua, lo que nos permite hacer bonitas fotos en vuelo. Un grupo de gaviotas reidoras aparece en escena armando gresca, mientras las garcillas bueyeras comistrajean entre el cañizo de la orilla. 



Al observar ese despliegue de vitalidad tengo la sensación de que la biología evolutiva se equivoca. No creo que toda pauta de comportamiento animal deba ser por fuerza el reflejo de una ventaja adaptativa. En esta fría y luminosa mañana de noviembre tengo la impresión de que la motivación de alguna de estas aves no obedece a la búsqueda de comida, ni a la huida frente a un depredador, ni siquiera a un proceso de aprendizaje. Creo que las idas y venidas de garzas y cormoranes obedecen simplemente al gozo que les ofrece el frenesí del vuelo. ¿Por qué debería ser este tipo de motivaciones exclusivo del ser humano? Si, no me cabe duda, estas aves vuelan por el placer de volar.