sábado, 23 de noviembre de 2013



-Oye Papá, ¿qué tal si nos vamos de senderismo este sábado?
Vaya, no es frecuente que a mi hija mayor le apetezca salir al monte con su viejo. Ante mi gesto de sorpresa ella se justifica diciendo que está muy saturada de exámenes, que le apetece tomar el aire, que quiere saber si está preparada para hacer el camino de Santiago...
-Y busca una ruta que sea dura, ¿eh?- apostilla.
Después de barajar varias alternativas me decanto por el PR-CV 52, que recorre parte de la sierra de la Solana, al norte de la provincia de Alicante. Aunque son algo más de 20 km de pateo, la ruta no es muy dura. De momento quiero saber si mi hija está en forma, antes de abordar retos más ambiciosos. Lo que entonces no puedo ni imaginar es que estamos a punto de enfrentarnos a una experiencia mucho más difícil de lo que tenía previsto.

Sábado 23 de noviembre. A las 9:30 aparco el coche en el albergue para excursionistas que está junto a la carretera que va de Beneixama hasta Fontanars. El día ha amanecido soleado pero frío, con un viento molesto que nos obliga a abrigarnos.
Empezamos a caminar. Primero acometemos una moderada subida hasta lo alto del teso. Después el camino es llano y muy recto. Demasiado llano para mi gusto. Además, no se ve ni un alma. A lo largo del día únicamente nos encontraremos con un par de ciclistas y un pastor allá en la lejanía.
Así que para dar un poco de vidilla a la excursión propongo a mi joven acompañante dejar el PR y tomar otro camino, para buscar una ruta alternativa. Al fin y al cabo tenemos el GPS para orientarnos.
En un principio parece que el nuevo sendero nos acerca a nuestro destino, pero poco a poco empieza a desviarse. Intento entonces retomar la ruta correcta caminando a través de un sotobosque de romeros y genistas, tan denso que cuesta mucho avanzar. Finalmente un profundo barranco nos cierra el paso. No queda más remedio que desandar el camino hasta el punto en el que abandonamos el PR y continuar desde allí.
Pero antes decidimos hacer un alto para almorzar. Mi hija se queja entonces de que le está rozando el borde de las botas. Resulta que se ha venido de senderismo con botas y calcetines tobilleros. ¡Menuda ocurrencia! Con esparadrapo improviso un sucedáneo de calcetín en torno a los magullados tobillos.
Cuando volvemos a la ruta es ya la 1:30 de la tarde. La grasieta de desviarnos del PR nos ha supuesto perder un tiempo precioso. Aún nos queda mucho camino por delante, y en esta época del año anochece muy pronto. Apretamos el paso, y una hora más tarde llegamos al extremo de la ruta.
Tras una pequeña parada iniciamos el regreso. En media hora recorremos un cuarto del camino de vuelta. Parece que, después de todo, tenemos tiempo de sobra. Pero de pronto el GPS se queda sin pilas. No pasa nada; tengo pilas de recambio.
Seguimos caminando a buen ritmo. A eso de las cuatro propongo a mi hija parar para comer el segundo bocata, pero ella prefiere seguir caminando. A estas alturas de la tarde esta canalla está fresca como una rosa, mientras que a mí me cuesta seguirle el ritmo. ¡Ah, el arrollador ímpetu de la juventud!
Poco a poco nos vamos aproximando al final de la ruta. Sólo queda encontrar el punto en el que el camino en el que estamos ahora da paso al estrecho sendero por el que subimos esta mañana. Pero entonces el GPS se queda sin pilas por segunda vez. Como aún tenemos una hora de luz, no debería ser un problema. Pero el maldito sendero tarda en aparecer.
Cuando al fin damos con él, está tan desdibujado que nos cuesta mucho seguir su trazado, y las señales del PR, las líneas blanca y amarilla que marcan el camino, son muy escasas. Avanzamos tan lentos que, después de veinte minutos, sólo hemos cubierto unos cincuenta metros, y el Sol está cada vez más bajo.
Como temo que nos caiga la noche encima tomo una arriesgada decisión: cortar en línea recta hasta un punto desde el que se pueda divisar la carretera. Además, en esa zona el matorral es tan escaso que no cuesta mucho ir campo a través.
Poco a poco el sotobosque se va espesando, pero ya no hay vuelta atrás. Seguimos en dirección al oeste. De pronto aparecen unas colmenas en un pésimo estado. “Si hay colmenas”, pienso, “tendrá que haber un camino”.
Efectivamente hay un camino, invadido por las matas, pero camino al fin.
-Evita, estamos salvados.
Pero no, a los pocos metros el camino tuerce a la derecha y se dirige en derechura al norte. Como el tiempo apremia no nos queda otra alternativa que volver a patear entre las matas.
Finalmente llegamos a un sitio desde el que se divisa la carretera... allá a lo lejos. Aún tenemos que bajar por una interminable ladera densamente poblada de pinos, recorrer el fondo del barranco algunos centenares de metros y subir la ladera del frente hasta llegar a la carretera salvadora.
El descenso resulta muy penoso por la densa vegetación. Como mi hija se mueve muy lentamente, le tiendo la mano derecha para que la coja con su izquierda. Ahora bajamos un poco más rápido, pero yo tengo una sola mano para abrirme camino en medio de esta vorágine.
Cuando llegamos al fondo del barranco la luz comienza a escasear. Empezamos a caminar ahora por el fondo de la rambla. Cada pocos metros tenemos que salvar el tronco de un pino caído que nos corta el paso, unas veces por arriba y otras por abajo, pero siempre a través de una espesa maraña de ramas. Yo paso primero, y trato de romper el máximo de ramas para facilitar el paso de Eva. De cuando en cuando distinguimos pequeños rodales de nieve. Empieza a hacer frío.
Por fin llegamos al borde de la ladera que conduce a la carretera. Empezamos a subir de inmediato, pero a los dos metros nos cierra el paso un muro impenetrable de vegetación. No nos queda más remedio que volver al fondo del barranco y seguir el curso descendente. Dentro de pocos minutos será noche cerrada, y entonces no tendremos opción de llegar a la carretera. No quiero ni imaginarme lo que será pasar la noche en este agujero.
De pronto me parece ver que la ladera se despeja un poco. Por segunda vez intentamos subir la cuesta. Yo camino delante, apartando las numerosas ramas con la mano izquierda, mientras tiro con la derecha de mi hija, que se queja del roce de las botas. Y entonces tropiezo y me doy un aparatoso batacazo.
-¿Estás bien?- pregunto desde el suelo.
-Sí.
Uf, menos mal. ¿Y cómo estoy yo? Me duele la mano y la rodilla derechas, pero parece que no tengo nada roto. Tras incorporarme retomo el ascenso cojeando. Hasta que de pronto grito:
-¡Mira!
Mi hija se sobresalta.
-Papá, no me des esos sus…
-¡El quitamiedos!- la interrumpo-. ¡Hemos llegado a la carretera!
¡Por fin! En ese momento nos sentimos invadidos por una inmensa sensación de alivio.
Bien, ya estamos en la carretera ¿Adónde vamos ahora, a la derecha o a la izquierda? Al menos eso lo tengo claro, a la izquierda. O sea, carretera abajo, porque a pesar de la oscuridad que nos envuelve estoy seguro que el coche no ha pasado por aquí esta mañana.
Así que vuelta a caminar, aunque ahora infinitamente más cómodos, sin tener que luchar contra una naturaleza hostil. A esta hora y sin Luna, prácticamente lo único que se distingue es la mediana de la carretera.
-¿Te imaginas papá que nos hubiésemos detenido a comer como tú querías? ¿Dónde estaríamos ahora?- pregunta Eva.
Mejor no pensarlo. De hecho, mejor no pesar en todas los disparates que he hecho a lo largo del día.
Según mis cálculos estamos muy cerca del coche, a unos cinco minutos de marcha. Pero a los quince minutos el coche sigue sin aparecer. En eso suena mi móvil. Bueno, al menos tenemos cobertura. Mi mujer al otro lado de la línea.
-Sí, sí, tranquila Manoli. Todo está bien. Nos hemos equivocado de camino pero ya estamos junto al coche. No, aun no vamos a salir. Primero queremos descansar y tomar algo. Yo creo que llegamos a Elche en hora y media.
Una pequeña mentira para no alarmar a la familia. Y bueno, hora y media es un tiempo razonable para salir de este lío.
Vuelta a caminar. Por aquí no pasa ni un puñetero coche. El bosque rodea la carretera como si fuera a engullirla. Las copas de los pinos se recortan contra un cielo cada vez más estrellado, dibujando formas siniestras. Diríase que somos los únicos habitantes de una Tierra desolada. Y sin embargo..., hay algo místico en este deambular perdidos por un mundo silencioso e indiferente. A cada paso percibo con mayor claridad el eco de un pasado remoto, en el que el ritmo vital venía marcado por los ciclos naturales y el hombre era un actor más en el drama de la vida. Siento que me embarga una sensación de salvaje libertad.
De pronto me pongo a declamar, en voz alta, unos versos de Rafael Alberti:
-“Canto esta noche de estrellas en que estoy solo y desterrado. Pero en la Tierra no hay nadie que esté solo si está cantando”. Vamos Evita, sigamos el consejo del poeta…
Así que nos ponemos a cantar a viva voz un par de canciones.
A todo eso llevamos más de media hora andando por esta solitaria carretera. Otra vez vuelve la inquietud. ¿Y si hubiéramos tomado una carretera distinta? ¿Y si me he confundido de sentido, y en realidad nos estamos alejando del coche?
-Desde luego, mi sistema simpático está trabajando bien -observa súbitamente mi hija-. Llevamos seis horas sin comer, pero no tengo hambre.
-El sistema simpático...- contesto distraído-. El que nos prepara ante situaciones de estrés.
-El mismo. Acelera el ritmo cardíaco, aumenta la sudoración, dilata las pupilas... Todo eso son reaccionas lógicas. Lo que no entiendo es cuál es la razón de que relaje los esfínteres, y haga que la gente se mee o se cague de miedo.
-Elemental- explico con suficiencia-. Ante una situación de peligro el cuerpo quiere perder el máximo de lastre.
De pronto se adivina un camino que sale a la izquierda y un cartel indicador. Mirando con la luz del móvil podemos leer: “A la ermita de San Luis”.
-¡Ahora sí que hemos llegado!- exclamo alborozado-. ¡El coche está muy cerca de la ermita!
Efectivamente, al poco tomamos el camino lateral que nos conduce a nuestro querido coche. En ese momento paso el brazo a mi hija por los hombros y le digo:
-Eres muy valiente, Eva. Cualquier otro en tu lugar se habría puesto histérico.
Son las siete de la tarde, y el termómetro marca 4ºC. La aventura ha terminado.

 El trazado de la ruta, hasta el punto en el que se murió el GPS, se puede seguir en http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=5812212
La versión de mi hija: http://micollagedepensamientos.blogspot.com.es/

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