jueves, 4 de abril de 2013

Hoy, a primera hora de la tarde, mi amigo Ramón Antequera se ha dejado caer por Los Carlos, un pintoresco pueblecito en la costa granadina en el que estamos parando unos días. Previamente había quedado con él para patear un poco de monte, como hago siempre que venimos aquí. Joaquín, el novio de mi hija Eva, se ha apuntado a la excursión, y esta ha hecho lo propio al momento. Lo que no deja de ser chocante, porque hacía años que mi hija no me acompañaba al campo. ¡Ah, l'amour!
Así que los cuatro hemos enfilado el barranco de Rubite, bajo un cielo plomizo y alguna llovizna ocasional. Ir con Ramón es todo un lujo; conoce estos montes como la palma de su mano, y es capaz de descubrir una cabra montesa donde yo sólo distingo un punto diminuto perdido entre el arriscado macizo.

Ramón, paradigma del hombre montaraz
La lluvia de estos días ha convertido el páramo, habitualmente avaro en líquidos, en florido vergel. Desde la orilla del regato nos llegaba el croar de las ranas, al tiempo que los carboneros se entregaban al frenesí de las nupcias. Una perdiz, al percatarse de nuestra presencia, ha dejado de semillear entre la paramera, y sin quitarnos el ojo de encima se ha ocultado tras un matojo.

La perdiz se amatoja a nuestro paso, al amparo de su mimética librea
Ya con la atardecida hemos iniciado el regreso, arrullados por el murmullo del arroyo. En eso he visto una collalba rubia posada a pocos metros en lo alto de una rama. Pero, ¡maldición!, tenía puesto el gran angular. Con gesto apresurado he montado el teleobjetivo y el flash (ya empezaba a escasear la luz), y cuando he ido a disparar, la cámara se ha quedado sin batería. Así que vuelta a trajinar para cambiarla. Cuando por fin estaba todo listo, el pajarillo ha volado.
-Hay que reconocer que ha tenido paciencia. Pero claro, todo tiene un límite -ha sentenciado Joaquín.

Eva y Joaquín, cruzando el regato

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