sábado, 9 de noviembre de 2013



8:30 de la mañana. El coche circula por la autovía en dirección a Agres (Alicante). Nacho al volante, yo de copiloto y Antonio y Agustín en el asiento de atrás. Agustín está explicando algo acerca de la salida senderista de hoy, pero el ruido del motor no me deja oír con claridad.
-¿Cómo?- pregunto alarmado- ¿Que vamos a un bar de putas?
-¡No hombre!- aclara Agustín- He dicho que vamos a hacer ¡UN PAR DE RUTAS!
-Ya me parecía a mí…
En efecto, la ruta de hoy es la que va desde Agres hasta la cima del Montcabrer, en la sierra de Mariola. En realidad consiste en dos rutas circulares encadenadas, por lo que tiene la forma de un ocho. En total nos esperan casi 16 kilómetros de pateo, con 900 metros de desnivel hasta la cima del Montcabrer. El atractivo de esta ruta, a parte de la propia cima, es la famosísima cava Gran, sin duda el pozo de nieve más bonito de Alicante. ¡Qué digo Alicante! ¡Del ancho mundo!
Poco antes de las diez llegamos a Agres, un coqueto pueblecito encaramado en las faldas de la sierra de Mariola. Antes de empezar la ruta tenemos que cruzarlo y dejar el coche al pie del monasterio. Pero no es tan fácil como parece. Decir que el pueblo está empinado es quedarse corto. El pobre Nacho va todo el rato en primera, quejándose de que siempre le toquen a él los tramos de carretera más difíciles. Yo, mientras, sujeto el freno de mano para evitar que el coche recule, o que el conductor se lleve por delante a alguna de aquellas ancianas, enjutas como sarmientos, que corretean por aquellas cuestas imposibles con pasmosa agilidad. La subida se nos hace interminable… hasta que termina.

El monasterio de Agres
Tras aparcar empezamos la caminata. El cielo está despejado y luminoso. La temperatura es agradable, demasiado para esta época del año. Pese a los meses de pertinaz sequía, la sierra rezuma humedad por este lado, y varios caños surten al pueblo de agua fresca.
Al principio la ruta asciende con suavidad por el piedemonte del serrijón, a la sombra de un denso bosque de pino carrasco. Jaras, romeros y tomillos nos salen al paso, y poco a poco van dejando en nuestra ropa el poso de una deliciosa fragancia. Pero cuando la subida se hace más empinada vuelve a suceder. Cada vez que empieza una fuerte pendiente tengo la imperiosa necesidad de apretar el paso, y hacer la subida a un ritmo más que respetable. ¿Por qué me da esa manía? Yo me justifico diciendo que así me canso menos, aunque sospecho que no es la única razón. ¿Pero cuál? ¡El Diablo lo sabe!
Antonio se me pega a los alcances y me sigue sin dificultad. Pronto dejamos atrás a los otros dos, y a todo excursionista con el que nos vamos encontrando. A ese ritmo tardamos poco en llegar al refugio de montaña, con lo que liquidamos el primer cuarto de la ruta.
Al rato llegan Nacho y Agustín. Juntos de nuevo los cuatro nos vamos a ver la cava Gran, cerca de allí, y tras tomar las fotos de rigor acometemos el siguiente tramo, aquel que se dirige a la cima del Montcabrer.

La cava Gran


Al igual que antes, la primera parte del camino es suave. Nosotros caminamos sin prisas, combinando el placer del paseo con el de la conversación. Algunos excursionistas nos adelantan. El mayor incordio viene por parte de un grupo de ciclistas, que nos obligan a cederles el paso varias veces so pena de ser arrollados.
De pronto el sendero gira a la derecha y se hace más empinado. De nuevo siento ese cosquilleo en la planta de los pies. Por segunda vez acometemos Antonio y yo otra de nuestras meteóricas subidas, y poco a poco vamos dejando atrás a aquellos que nos habían pasado antes.
Un último esfuerzo y nos plantamos en la cumbre. Una cumbre que hemos de compartir con una abigarrada compañía: un grupo de jóvenes con dos pastores alemanes; varias parejas, con o sin críos; más grupos de amigos... Es evidente que nos encontramos en una de las rutas más populares de la provincia. 


Cuando empezamos a tomar el bocata de media mañana hace su aparición el grupo de ciclistas de antes. Todos vienen andando, con la bici sujeta por la mano derecha. El empinado sendero no permite muchas alegrías con el pedaleo. Los ciclistas que ya están en la cima intercambian pullas con los que aun están subiendo. Nacho se suma a la fiesta, y pregunta a los de abajo:
-¡¿Pero por qué subís con ese chisme en la mano?!
Demasiado follón para mi gusto. Me aparto a un lado para tomar alguna panorámica con la cámara. Desde la atalaya distingo la infinita llanada que abarca buena parte de la provincia de Valencia, limitada, allá a lo lejos, por la ciclópea muralla en la que mueren las últimas estribaciones del Sistema Ibérico. En el brumoso horizonte destacan los picos del Panoig y de Penyagolosa, dos de los vértices más emblemáticos de la Comunidad Valenciana.


Cuando regreso con mis colegas la mayoría de los excursionistas, ciclistas incluidos, han iniciado el regreso.También a nosotros nos toca descender. Pero entonces vemos que el último grupo que queda, el de la pareja de perros, despliega una bandera y la coloca en el punto geodésico. Se trata de una bandera española con el águila de San Juan. Vamos, lo que viene siendo una bandera franquista. Con una foto inmortalizo el instante, pero entonces me viene un pensamiento a la cabeza: “Estos tios se han esperado a que se fuera todo el mundo antes de sacar a flamear su aguilucho. Todo el mundo menos nosotros. ¿Tendremos pinta de fachas?”

El aguilucho flamea en la cima del Montcabrer
El descenso hasta el refugio de montaña lo hacemos por una ruta distinta a la de subida. Por una cuestión de principios no nos gusta transitar dos veces el mismo sendero, aunque la alternativa sea más larga. Cuando queda algo más de un kilómetro para llegar al punto de destino la cuesta se vuelve a hacer muy empinada. Pero ahora es Antonio quien se adelanta.
-Déjame que yo marque el ritmo.
Y sin más palabras sale escopetado cuesta arriba. Yo le sigo, claro está, no es cosa de quedarme rezagado. Pero a los diez minutos aquel maldito no hace amago de bajar el ritmo, y la cuesta no termina nunca.  Cuando llegamos al refugio estoy al borde de la taquicardia, pero más feliz que un chambi.
Al poco aparece Nacho, rezongando:
-¡La madre que os parió! He intentado seguiros el paso, pero no hay manera.
El esfuerzo me ha dado sed.
-¿Qué tal si a la vuelta nos tomamos algo en el pueblo?- sugiero.
Antonio asiente con entusiasmo, pero la reacción de Nacho y Agustín es sensiblemente más tibia.
Aun nos queda el último tramo de la ruta. Primero hemos de cruzar un lapiaz de unos tres kilómetros de largo, con pedruscos de borde afilado muy incómodos de patear. Sobre las tres de la tarde comemos a la sombra de un pozo de nieve con sólidos contrafuertes, que recuerda vagamente un castillo medieval. Por último, ya con la atardecida, descendemos por un cómodo camino que zigzaguea suavemente a través de la ladera pinariega. Como no me queda agua en la cantimplora, me relamo pensando en la cerveza fresca que me espera en Agres. 

Pero entonces llegamos a una zona recreativa al sopié del monte, cerca ya del pueblo. Hacemos una parada y nos hartamos de beber de un caño. Aquello es agua bendita para mis resecos labios. Seguimos camino, y en quince minutos llegamos al coche. Allí vuelvo a tomar un largo trago en la fuente del monasterio. Ahora no es por sed, sino por puro vicio.
-Bueno, vamos a buscar un bar- sugiere Antonio.
-Yo es que tengo un poco de prisa- objeta Nacho.
-Y yo he bebido a reventar, así que no tengo muchas ganas- corroboro.
Como quiera que tampoco Agustín se muestra especialmente receptivo, Antonio explota:
-¡Sois una panda de sosos! ¿Sabéis que os digo? ¡Que queráis o no vamos a tomar algo!
-Claro, claro, Chur Norris.
Nos subimos al coche y empezamos el descenso. Esta vez Agustín va de copiloto, y marca el derrotero a Nacho a través del laberinto de callejas, con la precisión de un cirujano:
-Tira por la derecha… Ahora recto…
-¿Cómo puedes estar tan seguro del camino?- se extraña Antonio.
-Elemental,- aclara Agustín- solo hay que seguir la línea blanca.
Esto es la monda. Llevo conduciendo un cuarto de siglo, he recorrido cientos de pueblos, y ahora me entero de que en los municipios pequeños hay una línea blanca junto a la acera que marca la ruta principal. ¡Manda carallo!
Al poco llegamos a la carretera y enfilamos para Elche. El regreso en coche suele ser el momento más dulce de la excursión. Por fin descansamos cómodamente sentados, con la sensación del deber cumplido y la agradable perspectiva de una ducha al llegar a casa. Lástima que esta vez tengamos que aguantar el incordio de una mosca cojonera.
-Nacho, ya sabes,- repite Antonio por enésima vez- en cuanto veas un buen sitio paras para tomar algo.
-¡Que sí, pesao!
Antonio sabe perfectamente que no vamos a parar. Es su pequeña venganza…

1 comentario:

  1. Poeta, poeta: Gabriel, como sigas así te van a dar el Nobel de literatura senderista. Va a dejar a Cela y a su "Viaje a la Alcarria" a la altura del betún, ja, ja. La próxima con nieve, y, prometido, tomaremos una cerveza a la vuelta!

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