8:30 de
la mañana. El coche circula por la autovía en dirección a Agres (Alicante). Nacho al volante, yo de copiloto y
Antonio y Agustín en el asiento de atrás. Agustín está explicando algo acerca
de la salida senderista de hoy, pero el ruido del motor no me deja oír con
claridad.
-¿Cómo?-
pregunto alarmado- ¿Que vamos a un bar de putas?
-¡No
hombre!- aclara Agustín- He dicho que vamos a hacer ¡UN PAR DE RUTAS!
-Ya me
parecía a mí…
En
efecto, la ruta de hoy es la que va desde Agres hasta la cima del Montcabrer,
en la sierra de Mariola. En realidad consiste en dos rutas circulares
encadenadas, por lo que tiene la forma de un ocho. En total nos esperan casi 16 kilómetros de
pateo, con 900 metros de desnivel hasta la cima del Montcabrer. El atractivo de
esta ruta, a parte de la propia cima, es la famosísima cava Gran, sin duda el
pozo de nieve más bonito de Alicante. ¡Qué digo Alicante! ¡Del ancho mundo!
Poco
antes de las diez llegamos a Agres, un coqueto pueblecito encaramado en las
faldas de la sierra de Mariola. Antes de empezar la ruta tenemos que cruzarlo y dejar el coche al pie del monasterio. Pero no es tan fácil como
parece. Decir que el pueblo está empinado es quedarse corto. El pobre Nacho va
todo el rato en primera, quejándose de que siempre le toquen a él los tramos de
carretera más difíciles. Yo, mientras, sujeto el freno de mano para evitar que
el coche recule, o que el conductor se lleve por delante a alguna de aquellas
ancianas, enjutas como sarmientos, que corretean por aquellas cuestas imposibles
con pasmosa agilidad. La subida se nos hace interminable… hasta que termina.
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| El monasterio de Agres |
Tras
aparcar empezamos la caminata. El cielo está despejado y luminoso. La
temperatura es agradable, demasiado para esta época del año. Pese a los
meses de pertinaz sequía, la sierra rezuma humedad por este lado, y varios
caños surten al pueblo de agua fresca.
Al
principio la ruta asciende con suavidad por el piedemonte del serrijón, a la sombra de un denso bosque de pino
carrasco. Jaras, romeros y tomillos nos salen al paso, y poco a poco van
dejando en nuestra ropa el poso de una deliciosa fragancia. Pero cuando la
subida se hace más empinada vuelve a suceder. Cada vez que empieza una fuerte
pendiente tengo la imperiosa necesidad de apretar el paso, y hacer la subida a
un ritmo más que respetable. ¿Por qué me da esa manía? Yo me justifico diciendo
que así me canso menos, aunque sospecho que no es la única razón. ¿Pero cuál? ¡El
Diablo lo sabe!
Antonio
se me pega a los alcances y me sigue sin dificultad. Pronto dejamos atrás a los
otros dos, y a todo excursionista con el que nos vamos encontrando. A ese ritmo
tardamos poco en llegar al refugio de
montaña, con lo que liquidamos el primer cuarto de la ruta.
Al rato
llegan Nacho y Agustín. Juntos de nuevo los cuatro nos vamos a ver la cava
Gran, cerca de allí, y tras tomar las fotos de rigor acometemos el
siguiente tramo, aquel que se dirige a la cima del Montcabrer.
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| La cava Gran |
De
pronto el sendero gira a la derecha y se hace más empinado. De nuevo siento
ese cosquilleo en la planta de los pies. Por segunda vez acometemos Antonio y yo
otra de nuestras meteóricas subidas, y poco a poco vamos dejando atrás a
aquellos que nos habían pasado antes.
Un
último esfuerzo y nos plantamos en la cumbre. Una cumbre que hemos de compartir
con una abigarrada compañía: un grupo de jóvenes con dos pastores alemanes;
varias parejas, con o sin críos; más grupos de amigos... Es evidente que nos
encontramos en una de las rutas más populares de la provincia.
Cuando empezamos
a tomar el bocata de media mañana hace su aparición el grupo de ciclistas de
antes. Todos vienen andando, con la bici sujeta por la mano derecha. El empinado
sendero no permite muchas alegrías con el pedaleo. Los
ciclistas que ya están en la cima intercambian pullas con los que aun están
subiendo. Nacho se suma a la fiesta, y pregunta a los de abajo:
-¡¿Pero
por qué subís con ese chisme en la mano?!
Demasiado
follón para mi gusto. Me aparto a un lado para tomar alguna panorámica con la cámara.
Desde la atalaya distingo la infinita llanada que abarca buena parte de la provincia de Valencia, limitada, allá a lo lejos, por la ciclópea muralla en la que mueren las últimas estribaciones del Sistema Ibérico. En el brumoso horizonte destacan los picos del Panoig y de Penyagolosa, dos de los vértices más emblemáticos de la Comunidad Valenciana.
Cuando regreso con mis colegas la mayoría de los excursionistas, ciclistas
incluidos, han iniciado el regreso.También
a nosotros nos toca descender. Pero entonces vemos que el último grupo que queda, el
de la pareja de perros, despliega una bandera y la coloca en el punto
geodésico. Se trata de una bandera
española con el águila de San Juan. Vamos, lo que viene siendo una bandera
franquista. Con una foto inmortalizo el
instante, pero entonces me viene un pensamiento a la cabeza: “Estos tios se han
esperado a que se fuera todo el mundo antes de sacar a flamear su aguilucho. Todo
el mundo menos nosotros. ¿Tendremos pinta de fachas?”
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| El aguilucho flamea en la cima del Montcabrer |
El
descenso hasta el refugio de montaña lo hacemos por una ruta distinta a la de
subida. Por una cuestión de principios no nos gusta transitar dos veces el mismo sendero, aunque la alternativa sea
más larga. Cuando queda algo más de un kilómetro para llegar al punto de
destino la cuesta se vuelve a hacer muy empinada. Pero ahora es Antonio quien se adelanta.
-Déjame
que yo marque el ritmo.
Y sin
más palabras sale escopetado cuesta arriba. Yo le sigo, claro está, no es cosa
de quedarme rezagado. Pero a los diez minutos aquel maldito no hace amago de bajar el ritmo, y
la cuesta no termina nunca. Cuando llegamos
al refugio estoy al borde de la taquicardia, pero más feliz que un chambi.
Al poco aparece Nacho, rezongando:
-¡La madre que os parió! He intentado seguiros el paso, pero no hay manera.
Al poco aparece Nacho, rezongando:
-¡La madre que os parió! He intentado seguiros el paso, pero no hay manera.
El esfuerzo me ha dado sed.
-¿Qué
tal si a la vuelta nos tomamos algo en el pueblo?- sugiero.
Antonio asiente con entusiasmo, pero la reacción de Nacho y Agustín es sensiblemente
más tibia.
Aun nos
queda el último tramo de la ruta. Primero hemos de cruzar un lapiaz de unos
tres kilómetros de largo, con pedruscos de borde afilado muy
incómodos de patear. Sobre las tres de la tarde comemos a la sombra de un pozo de nieve con
sólidos contrafuertes, que recuerda vagamente un castillo medieval. Por último, ya con la
atardecida, descendemos por un cómodo camino que zigzaguea suavemente a través
de la ladera pinariega. Como no me queda agua en la cantimplora, me relamo
pensando en la cerveza fresca que me espera en Agres.
Pero
entonces llegamos a una zona recreativa al sopié del monte, cerca ya del pueblo.
Hacemos una parada y nos hartamos de beber de un caño. Aquello es agua bendita para mis resecos labios. Seguimos camino, y en quince
minutos llegamos al coche. Allí vuelvo a tomar un largo trago en la fuente del
monasterio. Ahora no es por sed, sino por puro vicio.
-Bueno,
vamos a buscar un bar- sugiere Antonio.
-Yo es
que tengo un poco de prisa- objeta Nacho.
-Y yo
he bebido a reventar, así que no tengo muchas ganas- corroboro.
Como
quiera que tampoco Agustín se muestra especialmente receptivo, Antonio explota:
-¡Sois
una panda de sosos! ¿Sabéis que os digo? ¡Que queráis o no vamos a tomar algo!
-Claro, claro, Chur Norris.
Nos
subimos al coche y empezamos el descenso. Esta vez Agustín va de copiloto, y
marca el derrotero a Nacho a través del laberinto de callejas, con la precisión de un cirujano:
-Tira
por la derecha… Ahora recto…
-¿Cómo
puedes estar tan seguro del camino?- se extraña Antonio.
-Elemental,-
aclara Agustín- solo hay que seguir la línea blanca.
Esto es
la monda. Llevo conduciendo un cuarto de siglo, he recorrido cientos de
pueblos, y ahora me entero de que en los municipios pequeños hay una línea
blanca junto a la acera que marca la ruta principal. ¡Manda carallo!
Al poco
llegamos a la carretera y enfilamos para Elche. El regreso en coche suele ser
el momento más dulce de la excursión. Por fin descansamos cómodamente sentados, con
la sensación del deber cumplido y la agradable perspectiva de una ducha al
llegar a casa. Lástima que esta vez tengamos que aguantar el incordio de una mosca cojonera.
-Nacho,
ya sabes,- repite Antonio por enésima vez- en cuanto veas un buen sitio paras
para tomar algo.
-¡Que
sí, pesao!
Antonio
sabe perfectamente que no vamos a parar. Es su pequeña venganza…







Poeta, poeta: Gabriel, como sigas así te van a dar el Nobel de literatura senderista. Va a dejar a Cela y a su "Viaje a la Alcarria" a la altura del betún, ja, ja. La próxima con nieve, y, prometido, tomaremos una cerveza a la vuelta!
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