sábado, 16 de noviembre de 2013



8:30 de la mañana. Estoy junto a la torre del Tamarit, en las Salinas de Santa-Pola (Alicante). Esta madrugada el termómetro se ha desplomado. Ahora mismo marca 8 grados, lo que contrasta con los 14 que teníamos ayer a esta misma hora. El cielo está encapotado y cae alguna ligera llovizna. En este momento el temporal está entrando, allá a lo lejos, por los gollizos de las sierras Alicantinas, que se muestran cubiertas de nieve y medio ocultas por nubes de aspecto tormentoso.

El temporal entra por los gollizos de la sierra

El silencio de cristal de la mañana es roto por el ruido de un motor. Mi amigo Blas llega puntual (¿puntual Blas? ¡Cosas veredes!) a nuestra cita.
Tras el saludo de rigor me pasa un botecito con una valiosísima mercancía.
-Aquí tienes los hayucos que te había prometido-me dice.- Los recogí hace un par de semanas del valle de Ordesa.
Como tengo el capricho de plantar hayas en mi campo, hace un tiempo que le pedí que me recogiera semillas cuando visitara algún hayedo en otoño. Y como este hombre no hace más que viajar de un lado a otro desde su separación, no he tenido que esperar mucho.
A continuación nos dirigimos a la desembocadura del Segura, junto a la ciudad de Guardamar. Para entonces ha dejado de llover, y el Sol brilla en un cielo sin nubes, pero la sensación de frío se mantiene.
Empezamos a caminar junto al río, cámara en ristre. Como quiera que llevamos meses sin vernos, las novedades son importantes. Blas me cuenta su reciente viaje al valle de Ordesa para fotografiar el hayedo en otoño; yo le comento mis salidas senderistas, y le pongo al corriente de las últimas polémicas en Avesforum.
En eso Blas me interrumpe:
-Mira allí, un pollo de gaviota.


El animal está sobre la arena, cerca ya de la playa, a unos 10 metros de nosotros. Empezamos a fotografiarlo con el 500, mientras nos acercamos lentamente. Aparentemente no se inmuta ante nuestra presencia, y nos deja acercarnos hasta unos cuatro metros. Entonces nos damos cuenta de que tiene las patas enredadas con una red, lo que explica su aparente indiferencia.
-¿Tienes una navaja?- me pregunta Blas.
-Por supuesto.
-Perfecto. Si te parece, tú lo sujetas por las alas y yo le corto los hilos.
Me parece, así que nos aproximamos muy lentamente, pero cuando estamos cerca levanta el vuelo. Se trata de una reacción natural ante la presencia de dos figuras amenazantes. Pero, por extraña paradoja, su instinto de supervivencia le ha condenado a una muerte casi segura.
Un poco frustrados por este desenlace seguimos nuestro nomadeo cinegético. A lo largo de la siguiente hora caen una pareja de andarríos chico correteando por una charca junto a la playa; una garza real posada sobre el voladizo de un pino; un zarapito trinador hurtándose a nuestra mirada entre las rocas de la rivera.
A media mañana volvemos al coche para entrar en Guardamar y acceder la otra orilla del río. Desde nuestra nueva posición observamos una barca medio hundida que sirve de posadero a un grupo de cormoranes. Estos tienen unos llamativos ojos verdes, que contrastan con el negro azabache de su plumaje. 


Pronto nos invade una sensación de embriagadora placidez. Cormoranes y garzas reales van y vienen, raseando a pocos metros de la lámina de agua, lo que nos permite hacer bonitas fotos en vuelo. Un grupo de gaviotas reidoras aparece en escena armando gresca, mientras las garcillas bueyeras comistrajean entre el cañizo de la orilla. 



Al observar ese despliegue de vitalidad tengo la sensación de que la biología evolutiva se equivoca. No creo que toda pauta de comportamiento animal deba ser por fuerza el reflejo de una ventaja adaptativa. En esta fría y luminosa mañana de noviembre tengo la impresión de que la motivación de alguna de estas aves no obedece a la búsqueda de comida, ni a la huida frente a un depredador, ni siquiera a un proceso de aprendizaje. Creo que las idas y venidas de garzas y cormoranes obedecen simplemente al gozo que les ofrece el frenesí del vuelo. ¿Por qué debería ser este tipo de motivaciones exclusivo del ser humano? Si, no me cabe duda, estas aves vuelan por el placer de volar.




1 comentario:

  1. Que buenos paisajes helados y que buenas fotos. Es una afición preciosa, hay que reconocerlo. Debe dar mucha satisfacción ver el resultado...

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