8:30 de la mañana. Estoy junto a
la torre del Tamarit, en las Salinas de Santa-Pola (Alicante). Esta madrugada
el termómetro se ha desplomado. Ahora mismo marca 8 grados, lo que contrasta
con los 14 que teníamos ayer a esta misma hora. El cielo está encapotado y cae
alguna ligera llovizna. En este momento el temporal está entrando, allá a lo
lejos, por los gollizos de las sierras Alicantinas, que se muestran cubiertas
de nieve y medio ocultas por nubes de
aspecto tormentoso.
![]() |
| El temporal entra por los gollizos de la sierra |
El silencio de cristal de la
mañana es roto por el ruido de un motor. Mi amigo Blas llega puntual (¿puntual
Blas? ¡Cosas veredes!) a nuestra cita.
Tras el saludo de rigor me pasa
un botecito con una valiosísima mercancía.
-Aquí tienes los hayucos que te
había prometido-me dice.- Los recogí hace un par de semanas del valle de
Ordesa.
Como tengo el capricho de plantar
hayas en mi campo, hace un tiempo que le pedí que me recogiera semillas cuando
visitara algún hayedo en otoño. Y como este hombre no hace más que viajar
de un lado a otro desde su separación, no he tenido que esperar
mucho.
A continuación nos dirigimos a la
desembocadura del Segura, junto a la ciudad de Guardamar. Para entonces ha dejado
de llover, y el Sol brilla en un cielo sin nubes, pero la sensación de frío se
mantiene.
Empezamos a caminar junto al río,
cámara en ristre. Como quiera que llevamos meses sin vernos, las novedades son
importantes. Blas me cuenta su reciente viaje al valle de Ordesa para
fotografiar el hayedo en otoño; yo le comento mis salidas senderistas, y le
pongo al corriente de las últimas polémicas en Avesforum.
En eso Blas me interrumpe:
-Mira allí, un pollo de gaviota.
El animal está sobre la arena,
cerca ya de la playa, a unos 10 metros de nosotros. Empezamos a fotografiarlo
con el 500, mientras nos acercamos lentamente. Aparentemente no se inmuta ante
nuestra presencia, y nos deja acercarnos hasta unos cuatro metros. Entonces nos
damos cuenta de que tiene las patas enredadas con una red, lo que explica su aparente indiferencia.
-¿Tienes una navaja?- me pregunta
Blas.
-Por supuesto.
-Perfecto. Si te parece, tú lo
sujetas por las alas y yo le corto los hilos.
Me parece, así que nos
aproximamos muy lentamente, pero cuando estamos cerca levanta el
vuelo. Se trata de una reacción natural ante la presencia de dos figuras
amenazantes. Pero, por extraña paradoja, su instinto de supervivencia le ha
condenado a una muerte casi segura.
Un poco frustrados por este desenlace
seguimos nuestro nomadeo cinegético. A lo largo de la siguiente hora caen una
pareja de andarríos chico correteando por una charca junto a la playa; una
garza real posada sobre el voladizo de un pino; un zarapito trinador hurtándose a nuestra mirada entre las rocas de la
rivera.
A media mañana volvemos al coche
para entrar en Guardamar y acceder la otra orilla del río. Desde nuestra nueva
posición observamos una barca medio hundida que sirve de posadero a un grupo de
cormoranes. Estos tienen unos llamativos ojos verdes, que contrastan con el
negro azabache de su plumaje.
Pronto nos invade una sensación
de embriagadora placidez. Cormoranes y garzas reales van y vienen, raseando a
pocos metros de la lámina de agua, lo que nos permite hacer bonitas fotos en
vuelo. Un grupo de gaviotas reidoras aparece en escena armando gresca, mientras
las garcillas bueyeras comistrajean entre el cañizo de la orilla.
Al observar ese despliegue de
vitalidad tengo la sensación de que la biología evolutiva se equivoca. No creo
que toda pauta de comportamiento animal deba ser por fuerza el reflejo de una
ventaja adaptativa. En esta fría y luminosa mañana de noviembre tengo la
impresión de que la motivación de alguna de estas aves no obedece a la búsqueda
de comida, ni a la huida frente a un depredador, ni siquiera a un proceso de
aprendizaje. Creo que las idas y venidas de garzas y cormoranes obedecen simplemente
al gozo que les ofrece el frenesí del vuelo. ¿Por qué debería ser este tipo de
motivaciones exclusivo del ser humano? Si, no me cabe duda, estas aves vuelan
por el placer de volar.





Que buenos paisajes helados y que buenas fotos. Es una afición preciosa, hay que reconocerlo. Debe dar mucha satisfacción ver el resultado...
ResponderEliminar